miércoles, 22 de mayo de 2013

¿Es mejor decir lo que uno piensa o pensar lo que uno dice?


Si esta pregunta me la formularán personalmente me decantaría en contestar en que es mejor pensar lo que uno dice. Quizá sea porque mi estilo de aprendizaje es fundamentalmente reflexivo. O quizá sea porque creo firmemente en el poder tremendo que tiene la palabra. O puede que sea porque como mujer utilizo de forma preferente más la inteligencia auditiva, que la visual o cinestésica. Sea cual sea la razón, la forma en la que nos comunicamos nos define y afecta en nuestra relación con los demás. 

He querido hacer esta reflexión ya que muchos de los equívocos que se producen en nuestra comunicación ocurren como consecuencia de no pensar bien lo que se dice y decir directamente lo que uno piensa. 

Pongamos ejemplos gráficos sobre la importancia de utilización de la palabra. No es lo mismo llamarle a alguien "flaco" que "delgado", o por el contrario llamarle "gordo" en lugar de "fuerte" o "robusto". Queriendo decir lo mismo, los matices pueden hacer que el receptor de nuestro mensaje lo reciba de una forma positiva o no, pues hay palabras que tienen connotaciones muy negativas. Cuando nos dirigimos hacia una patología, podemos por ejemplo decirle al paciente que va a ser "impotente" a consecuencia de un tratamiento, pero si le decimos que puede sufrir una "disfunción eréctil", la percepción puede cambiar, se suaviza el eventual problema.

Tenemos la gran suerte de que nuestra lengua española es muy rica en vocabulario y en matices, en ocasiones sutiles, en otras importantes. Hemos de procurar buscar sinónimos o formas diferentes de explicarnos para mejorar de una forma asombrosa nuestra comunicación. Las palabras tienen un alto poder de sugestión. Hemos de aprender a emplearlas correctamente. Hemos de buscar más la calidad del lenguaje que su cantidad.

En reiteradas ocasiones se me ha preguntado en cómo les hablo a los pacientes oncológicos sobre su enfermedad y si digo la verdad. en referencia a ella. La respuesta es SÍ. El paciente confía en nosotros y en consecuencia no debemos defraudar esa confianza. Eso no significa, sin embargo, que tenga que cometer "sincericidios". La verdad dada de forma cruda puede resultar difícil de digerir y, a mi parecer, hay que cocinarla o aderezarla convenientemente manteniendo siempre una máxima: no permitir cerrar puertas a la ESPERANZA, sea cual sea el desenlace esperable. En mi experiencia puedo decir que nos equivocamos con cierta frecuencia en el pronóstico. Puede ser extremadamente cruel y doloroso hablar de cifras estadísticas. Se dice que hay verdades, mentiras y estadísticas. Y es cierto. Pongamos por caso que un paciente presenta un 1% de posibilidades de salir adelante. Si a nuestro paciente le toca ese 1% para él será el 100%. Da igual que tuviera un 99% de posibilidades en su contra. ¿Merece entonces la pena decir una cifra? A menos que me la pidan expresamente, creo que no. Podemos decir que las cosas no están yendo bien, pero que vamos a hacer todo lo que esté en nuestra mano por mejorarle. Un médico no debe olvidar que podemos "CURAR A VECES, ALIVIAR CON FRECUENCIA PERO CONSOLAR SIEMPRE". Recomiendo a mis colegas la lectura de esta exposición de la psicooncóloga Ariadna González en su blog Psicooncología para pacientes, titulado: "Dímelo, pero dímelo bien. Cómo comunicar malas noticias y no perecer en el intento. Protocolo de 6 pasos. Guía básica para profesionales".

No sólo fallamos en nuestra comunicación con los pacientes. También lo hacemos a la hora de comunicarnos con nuestros colegas y ello conlleva malentendidos, disputas hirientes, menosprecios y conflictos poco productivos. Así restamos, no sumamos. Es bueno el debate, la deliberación, la argumentación, el sopesar los pros y contras por el bien del paciente, pero siempre desde el respeto y ayuda mútua, desde la cordialidad y la crítica constructiva. Así sumamos y no restamos ¿No creen que así ganamos todos? Cuidemos entonces nuestra comunicación.