viernes, 9 de octubre de 2015

Los médicos también lloran



Querida Alma:

Hoy he recibido este escueto mensaje por Whatsapp de una colega y amiga: "Virginia. Buenos días. Sólo decirte que Alma ya se ha ido. Fue anoche a las 12". Tras leerlo confieso que no he podido evitar el nudo en la garganta y las ganas de llorar. Me ha venido a la mente el último día en que te vi...

Si, los médicos también lloramos. No somos inmunes al sufrimiento y al dolor aunque estemos habituados a convivir con él, aunque sepamos el desenlace próximo de muchos de vosotros. Asumo y entiendo mi profesión en toda su dimensión humana, con su grandeza y con sus debilidades, con su cara y con su cruz. Llorar no me hace más débil, ni más vulnerable, simplemente me hace más humana y no me duelen prendas el admitirlo. Nunca me gustó vestir prendas de una divinidad confundida. No es mi estilo, ya lo sabes ¿verdad?

Siempre me impresionó tu aplomo, la seguridad de tus decisiones aunque yo no estuviera de acuerdo con ellas. El primer día que te conocí sentí un pellizco de desazón por dentro, por no haber sido capaz de convencerte para recibir tratamiento. No podía obligarte, sólo podía aconsejarte con todas mis fuerzas lo que en ese momento creía que era mejor para ti. Me quedé impregnada de una cierta impotencia.

Meses después volviste a la consulta. Esta vez aceptaste recibir tratamiento, aunque la situación fuese más compleja. Conseguimos mantener a raya un tiempo la enfermedad y tuviste fuerza para superar muchas de las duras dificultades que tuviste en el camino. Ya sabes que no sólo hablo de tu enfermedad.

Después tuvimos muchas conversaciones y la oportunidad de tener una relación especial, pues bastaba una mirada para adivinar lo que una y otra pensábamos. A veces, los gestos cobran un sentido diferente y toman el relevo a esas palabras no pronunciadas. Había un lenguaje extraordinario en tu mirada, en tu expresión corporal, en esa media sonrisa y en tus abrazos largos y sentidos.

Mi última fotografía mental es de hace poquito. Me llamó tu médico del Equipo de Atención Psicosocial para ver si podía aliviarte el dolor. Le dije que sí y nos vimos a la mañana siguiente. Tu figura menuda y menguada me hizo consciente de la inminente situación, así que no dudé en tratarte con la máxima diligencia y confort para ti. Me sentí compensada por un intenso abrazo que me supo a despedida. Así ha sido. Me quedo con él como un preciado regalo.

Hoy me he despertado, no sin cierta zozobra, con la noticia de tu marcha. Espero haber estado a la altura de tus circunstancias. He aprendido unas cuantas lecciones de ti. Confío en que estos últimos días hayas recibido la atención y el cariño que mereces.

Te envío un beso muy fuerte allá donde estés...